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Letras para la ciudad

Deambular, observar y reconocer(nos)

 

 

Xosué Martínez

Gestor y comunicador social

 

Dedicado a las personas caminantes de A Pata

Yo quiero, para componer castamente mis églogas, Acostarme cerca del cielo, como los astrólogos, Y vecino de los campanarios, escuchar soñando Sus himnos solemnes arrastrados por el viento. Las dos manos bajo el mentón, desde lo alto de la buhardilla

(Baudelaire, 1857: 123)

  Es hora de salir a caminar con Páramo, mi perro de tres años cuya energía supera con crecesa la mía; pero como su cuidador, salir a marchar al menos dos veces al día por el centro de Puebla, el cerro de Loreto y Guadalupe, el parque Juárez, los barrios fundacionales o el Paseo Bravo se convierte tanto en rito como en necesidad. Se trata de una caminata que realizo con paciencia, alrededor, ya sea por cuestiones de seguridad o simplemente porque hay algo que me atrae, ya sea de día o de noche uso estos recorridos para cuestionarme qué significa vivir en esta zona de la ciudad.

  En primera instancia, me parece que ser un habitante del centro resulta un halago ya que en las últimas décadas ha ocurrido un proceso de despoblamiento que ha generado “la pérdida de uso habitacional en la zona central de la ciudad, en los barrios históricos y en colonias adjuntas al centro histórico, provocando su deterioro urbano y el desaprovechamiento de la infraestructura y equipamiento urbano de la que dispone” (IMPLAN, 2021: 39). En ese sentido, habitar el centro resulta una suerte de resistencia contra el proceso de gentrificación (desplazamiento de la población) ocasionado por el deterioro de algunos inmuebles, el alza en las rentas, la turistificación, el uso de suelo comercial; por mencionar sólo un poco del gran conglomerado de problemáticas que hacen percibir en ocasiones sus calles como solitarias, peligrosas, desordenadas e, inequívocamente, estridentes.

  Calles que son consideradas Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 1987 por la Unesco por su Valor Universal Excepcional, por lo que representa un privilegio no sólo habitar sus calles, sino transitarlas y deambular viviendo de cerca la experiencia de la joya de la corona poblana. Sin embargo, no hablo de un deambular cualquiera, sino del caminar que el mismo Baudelaire utilizó para invocar a los cuadros parisinos de sus Flores del mal (1857): hacer fláneur y ser un contemplador silencioso de lo que ocurre en las calles como una actividad casi antropológica de poner atención en las personas y sus actividades, en los grandes edificios y los espacios públicos como parques y jardines, en las grietas que se asoman como testigos de la historia, en la configuración de las dinámicas sociales, el comercio ambulante y formal, las expresiones artísticas y culturales que tatúan las paredes; observar para dilucidar lo que significa el término ‘valor cultural excepcional' con el que se institucionaliza el patrimonio y que provoca que en ocasiones parezca distante.

  Para este ejercicio debemos observar el en- torno que nos rodea en cada paseo; no sola- mente para descubrir, sino para reconocer que la dinámica de la ciudad, como institución, es una obra de teatro donde los personajes caminan rápidamente en el marco del modelo de producción capitalista, que ha liberado de habitantes la zona para transformarlos en consumidores, en vendedores informales, en comerciantes, en ofertantes de servicios o hasta en turistas y vagabundos! Observar así, es también reconocerse testigo distante y protagonista de esta obra.

  Tanto la Zona de Monumentos Históricos como la zona centro que la engulle, manifiestan “una elevada capacidad de atracción de viajes por la concentración de unidades eco- nómicas (comercios y servicios), equipamientos urbanos y sedes político-administrativas” (IMPLAN, 2021: 71); provocando una fuerte dinámica social, administrativa y económica que perpetúa la centralización del Estado y sus instituciones.

  Como lo señala Debord: “Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos” (1967: 5), siendo esta centralización una forma de focalizar el espectáculo de un territorio que se llena de vida únicamente en horario de oficina, pero que irónicamente nos ofrece la oportunidad de ver las puertas de los edificios abiertos, de escuchar siempre el sonido de los motores, de percibir el aroma de la comida y de perdernos entre la multitud para llegar a un estado de contemplación o terminar perdidos en ella.

“La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido en espectáculo de sí misma” (Benjamin, 1973: 98).

  Este espectáculo no sólo se nos presenta atractivo por el marco patrimonial que lo encierra, sino que se suma el carácter estético de los escaparates diseñados expresamente para llamar a la vista. Benjamin en el Libro de los pasajes (2005: 37-38) alude esa protomercadotecnia al servicio de las artes para generar un atractivo visual, que, al convivir con el marco del patrimonio, genera un parche en el propio corpus arquitectónico para configurar a la ciudad como un palimpsesto que se compone de capas de historia y experiencias superpuestas, en una interrelación simbiótica. Es decir, elementos tangibles que han trascendido físicamente a lo largo del tiempo, pero que simbólicamente se transforman en cada interacción, en suma, generando la imagen urbana.

  Es esta la interrelación que construye a la cultura, una palabra que “con- tiene en sí misma una tensión entre producir y ser producido [...]” (Eagleton, 2001: 16), por lo que lejos de despreciar la actual dinámica económica de la Zona Centro, podemos acercarnos con la seguridad de que las manifestaciones culturales ahí permanecen, más allá de su institucionalización que la reduce al espectáculo que critica Debord; encontrándonos con múltiples historias de las personas, no con los personajes del sistema, sino con las personas que nos pueden compartir como un escaparate para acercarnos al patrimonio y sus manifestaciones más allá de las vitrinas donde en ocasiones se forma.

  El privilegio de deambular por las calles con la mirada atenta, puede significar descubrir lo que se encuentra detrás de la dinámica comercial aun siendo parte de esta, como descubrir que sobran ejemplos de familias que han logrado trascender las dificultades y mantener abiertas las puertas de sus negocios; la Calle de los Dulces es un ejemplo, con locales que se mantienen gracias a los cambios de vocación de la calle y otros que se han transformado para aprovechar el paso peatonal; las tienditas que le han plantado cara a la proliferación de las llamadas tiendas de conveniencia, o inclusive los mercados de La Acocota, 5 de Mayo o del Carmen, representantes insuperables de la generación de comunidad y de cultura.

  El reconocimiento de la otredad se puede realizar a través de la observación y de un estado de contemplación donde se reconozcan las diversidades. Si bien Benjamin se refiere al fláneur como una forma de sabotaje al proponer pasar de largo por las tiendas y sus tentaciones (2010: 345), creo que, en nuestro contexto, la propuesta representa una forma de sabotaje al propio sistema.

  ¿A qué me refiero? Quiero decir que pasear por la ciudad, con una mirada atenta a todos los fenómenos que transcurren y a las relaciones que podemos entablar, puede ayudarnos a dilucidar que, a pesar de la institucionalización de la cultura, el despoblamiento del centro y la vocación comercial adornada por el patrimonio de la humanidad, se encuentra la principal labor de la cultura: la vinculación comunitaria.

  Caminar con la mirada atenta por nuestro Centro Histórico puede acercarnos, por ejemplo, a las llamadas cantinas típicas que representan en sí mismas un núcleo que conjuga otro elemento importante en el fláneur, la capacidad de sorprendernos y encontrar algo extraordinario en plena cotidianidad. Encontrarnos con esa fiesta efervescente nos da la oportunidad del goce que se manifiesta como uno de nuestros derechos culturales. “El acto celebratorio es por naturaleza entendido como una acción de comunidad [...]” (Pardo, 2018, p. 1) y esta a su vez nos permite reconocernos en la otredad. Siguiendo las ideas de Caillois, lo festivo se convierte en un momento sagrado, en el que se abren las puertas a nuevas convenciones sociales, se traspasan límites y se otorgan permisos que permiten escapar de la rutina diaria: una posibilidad para que las personas, consumidoras, comerciantes o visitantes, realicen un ejercicio comunitario para apreciar la vida cultural a través del con- traste, entre las actividades convencionales y la sorpresa, simbolizando ciclos de renovación y la continuidad de su participación en la co- munidad (1984: 114). Esto brinda la oportunidad a las personas, ya sean consumidores, comerciantes, visitantes o habitantes, de participar en un ejercicio comunitario que aprecia la vida cultural a través del contraste entre las actividades y la sorpresa, simbolizando ciclos de renovación y la continuidad de su participación en la comunidad.

  El fláneur, como una forma de abrazar nuestra vida cultural, es parte de nuestros derechos culturales y humanos, que nos permite disfrutar del patrimonio y acercarnos a él en un ejercicio verdaderamente democrático. Nos invita a congregarnos para disfrutar del paso del tiempo y escapar un poco del caos y la rutina, sin dejar de ser críticos con nuestro entorno.

  Nos anima a observar para señalar y exigir acciones o políticas públicas que promuevan priorizar nuestra vida misma, considerando que tener la capacidad de ejercer estos derechos es un privilegio cada vez más escaso que parece disolverse a medida que nos dejamos llevar por la corriente de nuestra sociedad en constante cambio.


Referencias

Bauman, Z. (2010), La globalización. Consecuencias humanas, FCE, México.

Benjamin, W. (2005), El libro de los pasajes, Ediciones Akal, Madrid.

Benjamin, W. (1973), La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Editorial itaca, México.

Debord, G. (1967), La sociedad del espectáculo, Archivo Situacionista Hispano, Recuperado de https://bit.ly/3EX7FJa

Eagleton, T. (2001), La idea de cultura, Buenos Aires, Paidós

IMPLAN (2021), Programa de vivienda para el municipio de Puebla 2021, Ayuntamiento Municipal de Puebla, Recupera- do de https://bit.ly/atonl)

Pardo, R. M. (2018), “Reflexiones sobre los festivales artístico-culturales como instrumentos de impacto social y su relación con el entorno patrimonial”. Recuperado de https://bit.ly/3LAGIVO


  1. De esto ya había escrito algo así Bauman en su Modernidad liquida (2010), donde cataloga como turistas a las personas que cuentan con el poder adquisitivo para acceder a los bienes y servicios que ofrecen las ciudades, principalmente al viajar; mientras que los vagabundos somos quienes transitamos para cumplir con una encomienda economicista: ir al trabajo, a la escuela, de compras. Este abismo entre clases ha provocado el distanciamiento social y el no reconocimiento de la otredad como una forma de hacer comunidad (117).