Super User

Super User

Viernes, 20 Agosto 2021 15:09

La Lyonesa, una textilera en resistencia

 Por Mónica Franco

 Los muros de la manufacturera textil La Lyonesa —ubicada en la avenida 12 Oriente, entre 22 y 24 Norte, en el barrio de Los Remedios— resguardan vestigios históricos del proceso de industrialización que vivió el país en el periodo cardenista, cuando se incrementó el mercado nacional y se disminuyó la importación extranjera.

La mitad del recinto, que ocupa una manzana de calle, es similar al Museo Industrial de Metepec, en Atlixco. Cubiertos con un velo de polvo, perduran ahí las máquinas hiladoras de algodón, los rodillos para estampado de telas, las tinas de acero para preparar la tintura de las telas, las calderas y los ductos de ventilación. Perviven junto a los fantasmas de los obreros que dieron vida al sindicalismo en México.

Esta fábrica de hilado, tejido y acabado fue fundada en 1942 por el químico textil alemán Arturo Rotzinger Bader quien llegó a México a principios de 1920.

El fin del conflicto entre el Segundo Reich y los países aliados significó el exilio de los soldados alemanes que regresaron a Alsacia. El Tratado de Versalles, en 1919, obligó a Alemania a devolver ese territorio a Francia —que desde el final de la guerra franco-prusiana, en 1871, había sido anexado al entonces recién formado Imperio Alemán—.

 Una vez en Puebla, Rotzinger Bader fue contratado por la Compañía Industrial de Atlixco, fundada en 1899 en la Hacienda de San Diego Metepec, lugar al que la materia prima y los especialistas llegaban en un tren de la Compañía de Ferrocarril de San Rafael y Atlixco.

 Sus conocimientos sobre colorantes, sustancias químicas y fibras artificiales convirtieron al alemán en el responsable del proceso de acabado de las telas de la segunda textilera más grande de la época después de la de Río Blanco, Veracruz.

 En 1930, diez años después de su llegada a México, Rotzinger Bader compró sus primeros tres telares y formó Textiles Lorena, con ahorros del cambio de monedas de oro y plata, acuñadas durante el porfiriato, con las que le pagaron por su trabajo especializado.

 Así empieza la historia de La Lyonesa, una de las fábricas más antiguas del centro histórico de Puebla, que resiste estoicamente no solo la embestida del tiempo sino de la proliferación de los textiles chinos y de la pandemia de Covid-19.

 Carlos Gerardo Rotzinger Fernández tiene 59 años, es técnico textil y nieto de aquel excombatiente alemán. Caminamos por la fábrica mientras me cuenta que los años dorados de la empresa fueron entre 1962 y 1985, cuando el precio de los combustibles se mantenía estable y aún no llegaban las telas sintéticas de China y de otros países asiáticos como India y Pakistán.

 En 1994, la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN) benefició a sectores económicos como el automotriz, pero sepultó a la industria textil, del vestido y del juguete. “Las textileras empezaron a cerrar, pero nosotros nos mantuvimos”, me comenta.

 “Nos mantiene el acabado de las telas. Puedes importar hilo y lo tejes en México, o puedes importar telas en crudo y nosotros le damos el último paso. A las telas puedo darles acabados suaves o rígidos, de mezclilla, repelente para casas de campaña, telas para pantallas de cine. Somos versátiles”, explicó Rotzinger Fernández.

 El empresario textil retoma la historia de su abuelo Arturo Rotzinger Bader y de su padre, Arturo Rotzigner Lichtle. Regresamos a 1942, cuando textiles Lorena se  convierte en La Lyonesa y se instala en el barrio de Los Remedios. El paso de un arroyo en la 12 Oriente, que nacía en la colonia América Sur, facilitó la producción de hilos para tejer telas.

 Arturo padre dejó la Compañía Industrial de Atlixco después de 22 años, para dedicarse de lleno a la fabricación de telas en su empresa, con la ayuda de sus hijos Marcelo, Arturo, Alfredo y Ana. Para 1962, la familia Rotzinger compró los terrenos y casas rústicas que rodeaban la primera nave textil, fundada 20 años atrás, hasta ocupar toda una manzana.

Carlos Gerardo recuerda que su padre era un hombre inflexible, de carácter fuerte y poco expresivo, pero tan trabajador que estuvo al frente de la fábrica hasta seis meses antes de su muerte, a los 57 años.

“Mi padre no tenía huellas dactilares debido a que desde muy pequeño empezó a trabajar. Las telas, recién teñidas en tinas de madera, que parecían calderos de colores, eran tendidas en andamios. Ahí, los obreros, sentados, pasaban ocho horas colgando telas. Los químicos, el calor y la fricción le borraron sus marcas dactilares”, me cuenta Carlos.

 “Actualmente, la fábrica cuenta con 80 trabajadores, entre obreros y administrativos, pero en algún momento llegaron a ser cerca de 200 obreros textiles”, prosigue, mientras me muestra la máquina RAME o Stenters, que realiza el ennoblecimiento textil y el secado que cientos de obreros y su padre realizaron manualmente por años.

 Antes de salir de la fábrica, Carlos Rotzinger Mateos, de 32 años, quien es un productor de arte y espectáculos y es hijo de Carlos Gerardo, me muestra los tesoros de su familia: una colección de aproximadamente 100 rodillos de estampado Lyonesa, una técnica de impresión de telas por serigrafía. A ella le deben el nombre de la fábrica que fundó su bisabuelo.

 Los recuerdos de estas cuatro generaciones de los Rotzinger se funden entre los telares que aún producen telas, entre el eco de los ductos de ventilación en los que hacemos sonar nuestras voces para conocer su longitud, entre el polvo de naves industriales habilitadas como set de grabación.

 El futuro de la industria textil en Puebla es tambaleante y el de La Lyonesa es incierto, pero, en tanto el destino decide qué pasará con esta última, sus máquinas traídas desde Alemania, Francia, Checoslovaquia y Holanda, son custodias de la historia del Centro Histórico, la Casa de Todas y Todos.

 

 

Por Ariel Azuara Campos

Sin duda, el arte poblano de los años 60’s nos reunió en casas, teatros o auditorios; además era muy común en las familias pertenecer a algún club de la época: Rotario, Leones, Cámara Junior, 20-30, Sociedad Mutualista o bien algún grupo literario musical como la Bohemia Poblana, Club Bohemio y Centro Cultural, ser miembro de un grupo en especial, nos hermanaba de muchas maneras.

El gobierno también apoyó el desarrollo de nuestra sensibilidad; durante el sexenio del Gobernador Aarón Merino Fernández, se creó la Comisión De Promoción Cultural, la cual sería más adelante la primera Secretaria De Cultura del país, estando al frente Pedro Ángel Palou Pérez.

El arte expresa de tantas maneras la sensibilidad humana, pero lo más importante es que tenga un sitio donde florecer, de lo contrario se pierde en el tiempo. Octavio Paz lo sintetiza de una manera magistral:

“La libertad no necesita alas, lo que necesita es echar raíces”. Y en Puebla las raíces del arte son profundas.

En el ambiente actoral fuimos dando muchos pasos, por ejemplo Olga Ibáñez, era muy entusiasta, tanto que logró traer un seminario de teatro con personajes muy importantes de talla nacional, la respuesta de la gente de Puebla fue tan buena, que funda la Escuela de Arte Teatral,  de la misma manera Manuel Reigadas crea el muy conocido Espacio 1900, por supuesto surgieron más opciones, se crearon nuevos foros: el Teatro Normalista, el grupo Teatro Popular José Recek Saade.

Los espacios teatrales más activos en la ciudad eran el Auditorio Benavente, sobre todo al fin de año por las ceremonias escolares, el Teatro Normalista; eventualmente el Teatro Franzoni y como siempre el Teatro Principal, primer teatro de América, que aun cuando fue fundado en 1760 su belleza engalanaba cualquier presentación en la ciudad.

Nuestros artistas poblanos se hicieron figuras importantes en todo el país tanto en radio, cine, teatro y televisión por ejemplo Mari Cruz Olivier, pionera de las telenovelas; Héctor Bonilla, Joaquín Cordero, Raúl Valerio.

La gracia de Fernando Soto Mantequilla o José Antonio Espino (Clavillazo) que cuando se trataba de frenar un conflicto en la escena decía: -Momento, aquí la cosa es calmada- y

¿Qué decir de Gaspar Henaine? el famoso Capulina; sus frases se hicieron expresiones populares: -“No lo sé, puede ser, a lo mejor, tal vez, quién sabe…”.

En las radiodifusoras de México, era frecuente escuchar al poblano Alfredo Gil, del trío Los Panchos, a Chucho Martínez Gil con la canción “Háblame” 

Aunque estés allá, en el fin del mundo

A tu lado voy en un segundo

Nada más cierra tus lindos ojos

Y háblame, háblame, háblame

El arte por supuesto necesitaba de difusión: En lo que hoy es el hotel San Leonardo, en la planta alta se instaló una escuela de periodismo y al frente de ella dos inquietas mujeres María Sánchez Robledo y Ema Rizo de Yáñez.

Los periódicos locales de la época como  el Sol de Puebla, La voz de Puebla, La Opinión y el Heraldo de Puebla se vendían más los domingos por el suplemento dominical y los lunes por el Aviso Oportuno, mientras que en la radio el formato noticioso de Puebla se inició con Enrique Montero Ponce. Las casas de poblanas y poblanos se acompañaban con las voces familiares de Pepe Azpiazu Bello,  Fernando Rodríguez, José Luis Ibarra Mazari, Pedro Ángel Palou Pérez, Jesús Manuel Hernández e Ivonne Recek De Luke, todos ellos nos acompañaban  a través de las estaciones de radio XECD, XEHR y XEPA.

Y en algunos de los espacios deportivos de aquel entonces, como la Arena Puebla,  se  presentaban caravanas artísticas; en los demás como el estadio Ignacio Zaragoza, la Cancha De San Pedro, Lienzo Charro, Toreo y el recién inaugurado Estadio Cuauhtémoc solo se practicaba deporte.

El paisaje artístico de Puebla en el Centro se acompañaba por el mercado La Victoria, ahí se encontraban fondas, comestibles, telas, zapatos, losa, ropa, utensilios de barro, peltre, un sinfín de artículos, vaya la creatividad poblana alcanzó hasta la gastronomía, justo en este mercado se crearon las famosas cemitas poblanas.  

¡Cuántos momentos importantes pasaron ante nuestros ojos! El Centenario de la Batalla 5 de mayo, el entubamiento del río San Francisco, la autopista México Puebla, la creación de Ciudad Universitaria, el traslado de la fuente de San Miguel de la Plaza del Boliche a la plancha del Zócalo, la inauguración del Auditorio de la Reforma, los Juegos Olímpicos, celebrados en nuestro país “México 68”; el conflicto universitario entre derecha e izquierda con los alumnos de la Universidad Autónoma de Puebla.

Las expresiones de los jóvenes de los años 60’s comenzaron en nuestras casas, fueron nuestros primeros espacios, para abrir los siguientes escenarios de aquella  época.

 

Edición del texto: Erika Chávez González 

 

 

Por Ariel Azuara Campos

“Si nadie te garantiza el mañana, el hoy se vuelve inmenso”… Esta frase de Carlos Monsiváis era el motor del artista de los años 60’s en cada pincelada, cada verso. En las notas de pianos y telones había tanto que decir…

Al principio las tertulias se hacían en las casas, se fueron creando espacios, como la amplia sala de la casa de Anita Machorro viuda de Albisúa; ahí había un piano y sillas mirando al centro pegadas en el perímetro de las paredes para gozar del programa literario musical que iniciaba a las 8:00 y terminaba a las 12:00 de la noche a más tardar. Ella nos rentaba ese espacio para nuestras sesiones dominicales, en la que tomaban parte literatos, cantantes, músicos e invitados. El maestro de ceremonias Monsieur Cobel organizaba el programa. De aquellas reuniones se elegía lo mejor para un solo concierto anual realizado  en el Teatro Principal o el Auditorio Benavente o el de la Normal del Estado, cuando entré, yo tenía 14 años de edad, mis amistades eran más grandes.

 

 

¿Cómo olvidar la poesía de Gregorio de Gante, José Recek Saade o a Germán List Arzurbide y su movimiento estridentista; los versos de María Sánchez Robledo, Ernesto Moreno Machuca y José Murad, Alicia María Uzcanga Lavalle, casi todos tomaban como temática el amor,  excepto fray Gerónimo Verduzco y Dolores Posada Olayo quienes escribían poesía mística.

 

A las débiles puertas de mi celda sombría,

robándome el sosiego, la humana tontería

montó guardia de honor con zafia grosería.

                                                                                                                                                                                                                                                    Gregorio de Gante

Del Conservatorio de Música y Declamación del Estado también salieron varias figuras, bajo la batuta de Fausto de Andrés y Aguirre, pero no fueron las únicas, una de las más reconocidas en Puebla fue “el ruiseñor poblano” Concepción Velasco Fuentes y su maravillosa voz de soprano coloratura; la contralto Aurea Taboada, El concertista Enrique del Castillo; los niños cantores de Puebla, el compositor de música académica, Isaías Noriega de la Vega; Francisco Reyes Alegre y Fidencio Sánchez compositores de música inspirada en Puebla; los pianistas como Héctor Guerrero, Eduardo Olivares Iturriaga, también  magníficos acompañantes de cantantes de ópera como María Elena Pérez Reyes, la señora Eurosa y  el maestro Carlos Oropeza, quien por cierto era el músico de planta de programas de televisión en México, uno de ellos se llamaba Club del Hogar.

Y es que en Puebla hay, había y habrá mucho que decir, cantar, contar y mirar, tanto que aquella iniciativa que tuvieron los pintores en 1940 al fundar el Barrio del Artista, hoy sigue siendo uno de los atractivos de la ciudad.

El reconocido José Márquez a través de sus diferentes técnicas, las pinturas de caballete de su hermano Ángel, el estilo único para el retrato de Faustino Salazar –En honor a él y  durante un tiempo hubo una galería con su nombre dentro del Palacio Municipal de Puebla y otra para el pintor José Márquez-; la sensibilidad de Martín Serrano para captar la esencia de las flores, los murales de Fernando Rodríguez Lago –Aún hay un mural suyo en el Salón de Protocolos del H. Ayuntamiento-; los reconocidos grabados de Fernando Ramírez Osorio, quien también realizó el mural Nuevo Mundo en el Palacio Municipal de Tehuacán, Puebla.

Y Erasto  Cortés un excelente grabador de quien hoy el museo ubicado en la  Avenida 7 Oriente No. 4, en el Centro Histórico, lleva su nombre y resguarda su obra; las acuarelas de Jaime Andrade y  Esteban Aguirre Beltrán;  la destacada miniaturista Josefina Albisúa, de quien por supuesto hay otras obras…

 

 

Las  y los jóvenes de aquel tiempo éramos muy inquietos, Puebla danzaba al ritmo de diversas figuras como Vidal Calvario, Elías Guerra y Martha Molina de Martínez quienes dirigían grupos de Danza Folclórica; representaron a Puebla en México y en giras internacionales. Cinthya Cuottolene, Esther Feres, Alma Porras, Fabiola García Rosete y Ángeles Guzmán eran amantes del Ballet Clásico, a través de sus academias la niñez y juventud poblana aprendían la gracia del movimiento.

Estoy seguro de que todos los artistas que conocí, dedicaban la semana entera a practicar y practicar el arte en el que cada quien fue labrándose un nombre, pero para que nuestros domingos fuesen dejando buen sabor de boca, era muy usual que después de comer, asistiéramos al cine y disponernos a disfrutar de una función en la que se proyectaban siempre  dos películas en los cines Variedades Coliseo, Reforma, Puebla, Guerrero y México, incluso había dos cines  que presentaban hasta tres películas continúas, eran el cine Constantino y el Colonial. Durante el largo intermedio entre una y otra película, daba tiempo para ir a la dulcería por palomitas, refresco, alguna que otra golosina, fumarse un cigarro y comentar la película que acabábamos de ver o la emoción por la que iba a empezar. 

Ya para cerrar con broche de oro el paseo dominical, nada como ir al Café Rococó a saborear un exquisito pastel al calor de un café, mientras el matrimonio dueño del lugar, de origen alemán hacía un recorrido musical entre arias y canciones populares. Ella cantaba y él acompañaba al piano. A veces pienso que el café era solo un pretexto para hacer lo que más amaban, compartir el arte del sonido y el silencio, en el brillo de sus ojos verdes se notaba el amor a la música, incluso había momentos en los que disfrutábamos de los violines de Pedro Gómez… De las y los artistas poblanos tengo mucho más qué contar, pero eso será en la siguiente entrada de este blog.

Edición del texto: Erika Chávez González 

 

Viernes, 06 Agosto 2021 11:51

Besada por Pedro Infante

 Por Mónica Franco

“¡Pedro Infante la besó a ella!”, gritaban con sobresalto y la señalaban las mujeres que hacían una valla humana en la avenida Juárez, para ver pasar al gran ídolo de México. El protagonista de “Nosotros los Pobres” y “Ustedes los ricos” iba a bordo de un Cadillac blanco descapotable, que salía del Toreo de Puebla, en donde dio un concierto para unas 13 mil personas. Era 1953.

“Pasaste a mi lado… con gran indiferencia… tus ojos ni siquiera voltearon hacia mí”… Así le cantaban las poblanas a Pedro Infante, mientras la protagonista de esta historia, la mujer que fue besada, sentía que la estrella de cine le cantaba al oído “Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso”.

Es momento de presentarles a Guadalupe Escobar Hernández, llamada cariñosamente “Pita”, una poblana de 90 años, quien suspira y sonríe al recordar que fue besada por Pedro Infante cuando tenía 22 años.

Sus ojos permanecen vivaces, al igual que su espíritu y feminidad. Un color coral brilla en sus labios, su aroma es de flor de azahar. Usa medias y falda larga. Pita es personificación de la dignidad, monumento de memoria viva y deslumbrante.

Pita nació en 1931, en el barrio de Santa Clara. A los pocos años, su familia se trasladó al segundo patio de la casona marcada con el número 325 de la avenida Reforma, espacio que ahora ocupa Teléfonos de México.

El 11 de agosto de 1939 se inauguró el elegante Cine Reforma, cuando Puebla ya contaba con 140 mil habitantes. Pita se sentaba con Joaquín, su pequeño hermano, en el quicio de la puerta de la vecindad. Desde ahí observaban las luces de la marquesina del cine, que anunciaba “Lo que el viento se llevó”, “Cumbres Borrascosas” o “El Mago de Oz”.

Un año después, el padre de Pita compró un terreno en la naciente colonia Rancho Azcárate, cerca del Campo Aéreo Militar Pablo L. Sidar, conocido como Aviación, hoy, Parque Ecológico Revolución Mexicana. En esa época no había drenaje, agua potable ni electricidad en esa zona.

Pita y sus hermanos lloraban porque querían regresar al centro histórico; querían seguir viendo las luces de la marquesina del cine y sentarse en las bancas del zócalo de la ciudad.

A finales de 1940, el gobernador de Puebla, Maximino Ávila Camacho, llevó servicios públicos a todas las colonias que rodeaban el campo de aviación. Quería establecer una escuela de pilotos una vez que se convirtiera en el secretario de Comunicaciones y Obras Públicas del gobierno de su hermano, el presidente Manuel Ávila Camacho.

Pita recuerda la llegada del agua y la luz como uno de los más grandes sucesos de su vida, al igual que cuando Pedro Infante aterrizó en el campo de Aviación y cantó para un grupo de niños que jugueteaban por ahí. Era 1942, cuando el cantante era uno de los más escuchados en la XEB AM e iniciaba su despunte en la industria cinematográfica.

“A escondidas de mi mamá, mi amigo Florentino me rentaba una bicicleta por 25 centavos. Nos encontrábamos en Aviación cuando, de una avioneta, descargaron cerdos. De ahí bajó un hombre bien parecido, de pantalones vaqueros, camisa a cuadros y con sombrero ranchero. Uno de los chicos gritó: ‘¡Es Pedro Infante!’”.

Cuenta que lo siguieron por el hangar y que le insistieron tanto que cantara, que Infante bajó una guitarra de su avión y dio un mini concierto para la pandilla de niños. Además, los llenó de golosinas y refrescos. “En ese entonces no había cámaras, si no, serían recuerdos muy fuertes”, expresa Pita.

En ese momento, ella tenía 11 años. No sabía que, poco más de una década después, el destino los volvería a encontrar fugazmente. En 1953, Pedro Infante, ya con una carrera consolidada, se presentó en El Toreo, ubicado en la 9 Poniente 1901, espacio que hoy ocupa una tienda de autoservicio.

Al terminar el concierto, al que Pita acudió con su hermano Efrén y una prima, las seguidoras de quien fuera considerado uno de los hombres más viriles y carismáticos de la época, se arremolinaron por la avenida Juárez a la altura de la 17 Sur: “Caminábamos rumbo al Paseo Bravo, para tomar el autobús Panteón-Aviación, cuando nos detuvimos en un alto que marcó el agente vial, parado arriba de un banquito de madera. En ese momento, el Cadillac blanco de Pedro Infante también se detuvo. Él se estiró y desde el auto me besó en la mejilla. No sé si me reconoció, porque solo a mí me besó. Todas gritaban: ‘¡Pedro Infante la besó a ella!’”, y la nostalgia se arremolina en sus ojos.

Pita se arrepiente ahora de no haberse volteado para que el beso hubiera sido en la boca y no en la mejilla, que, asegura, no se lavó en muchos días.

Después de ese suceso, nuestra protagonista dejó la colonia Azcárate para trasladarse al barrio El Alto, en donde vivió dos años en el edificio Noche Buena. Sus recuerdos se concentran en las calles empedradas, que caminaba con zapatillas para ir a su trabajo, y en el chileatole y los postres que vendían en el mercado El Alto.

Pita calcula que tendría como 25 años cuando su familia se mudó al barrio de Los Remedios, muy cerca de la iglesia homónima localizada en la calle 20 Norte (entre 8 y 6 Oriente), a unas cuadras del mercado Acocota y el Centro de Convenciones, que en otros tiempos sirvió de cuartel al general Ignacio Zaragoza, en la batalla del 5 de mayo de 1862.

Zaragoza eligió esta edificación por su cercanía al camino de la entrada de Veracruz, por donde se acercaría el ejército francés, y también por la comunicación con los demás terrenos que se encontraban cerca a los Fuertes de Loreto y Guadalupe.

Del barrio de Los Remedios, Pita recuerda con añoranza la fiesta de la virgen, que se realizaba del 1 al 8 de septiembre, cuando había una feria con antojitos, juegos mecánicos, mariachis y las danzas de Moros y de Huehues.

Pita es como un cofre de tesoros: dentro de sus memorias políticas están las reformas universitarias, que provocaron enfrentamientos violentos entre “fúas” (integrantes del Frente Universitario Anticomunista, la derecha) y “carolinos” (estudiantes y maestros de izquierda) en 1961. Asimismo, el movimiento lechero, que se opuso a la pasteurización propuesta por el entonces gobernador de Puebla, general Antonio Nava Castillo, en 1964. Más recientemente, recuerda su participación en las marchas contra el desafuero del actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador.

Este relato es solo una parte de las memorias de Pita, la relacionada con los sitios en los que vivió, todos ubicados en el corazón de la ciudad, el Centro Histórico, la Casa de todas y todos.

 

Ortega Camarillo, David; y Francisco Navarro Sada

Conocer, valorar y compartir. Propuesta didáctica para la apropiación social del patrimonio cultural, México, Con Sentidos. Rutas para la Educación, 2020, pp. 128.

Promover los procesos de apropiación cultural en una localidad es todo un desafío, principalmente cuando no se tienen a la mano las herramientas adecuadas. Por esta razón, la Biblioteca Jean Paul L’Allier te invita a conocer este libro, dirigido tanto a docentes de educación básica como a promotores culturales. En él encontrarás, además de las reflexiones de los autores, diversas metodologías para la puesta en marcha de procesos creativos, así como recomendaciones para el desarrollo de múltiples actividades, encaminadas a propiciar experiencias colectivas que ayuden a conocer, valorar y compartir el patrimonio cultural.

La educación patrimonial, para el caso mexicano, es un ámbito que aún está en desarrollo. Por esta razón, este libro cumple con una función importante. Organizado en cuatro capítulos, las lectoras y lectores aprenderán sobre qué es la didáctica del patrimonio cultural; cuáles son los ejes metodológicos para la apropiación social del patrimonio cultural; la experiencia formativa de vigías del patrimonio cultural en México; así como los procesos creativos para la apropiación social del patrimonio cultural en contextos comunitarios. En suma, un libro que sin duda constituye una referencia obligada para el desarrollo de proyectos y actividades destinadas a fortalecer los procesos de apropiación cultural en Puebla, ciudad Patrimonio Mundial.

 

Galina Russell, Isabel; PEÑA PIMENTEL, Miriam; PRIANI SAISÓ, Ernesto; BARRÓN TOVAR, José Francisco; DOMÍNGUEZ HERBÓN, David; y Adriana ÁLVAREZ SÁNCHEZ (coords.)

Humanidades digitales: lengua, texto, patrimonio y datos, Ciudad de México, Bonilla Artigas Editores, 2018, pp. 234.

Las humanidades digitales llegaron para quedarse. Indudablemente se trata de un terreno fértil. Día a día, se presentan nuevas propuestas en todos los rincones del planeta. De manera particular, en América Latina se han desarrollado proyectos novedosos, y prácticas incluyentes, que ayudan a fortalecer el posicionamiento de esta nueva disciplina. Como bien apunta José Francisco Barrón Tovar, desde que las tecnologías digitales empezaron a invadir las prácticas, los objetos, las metodologías, y los alcances de los humanistas, surgieron múltiples preguntas referentes a qué efectos históricos traerán dichas transformaciones. Hoy en día, las herramientas digitales son una realidad. Así lo ha demostrado, desde el año 2011, la RedHD (Red de Humanidades Digitales), iniciativa encaminada a fortalecer y promover la comunicación entre los humanistas digitales de la región (http://www.humanidadesdigitales.net/).

 

 

En este sentido, es indudable que nuestra manera de comprender, comunicar y divulgar el patrimonio cultural se transforma vertiginosamente. La Biblioteca Jean Paul L’Allier te invita a conocer esta obra, escrita por académicos que conforman la RedHD, la cual te será de utilidad para hallar nuevas formas de transmitir conocimiento y desarrollar proyectos encaminados a fortalecer los referentes identitarios de Puebla, todo ello a partir de la aplicación de tecnologías digitales. Un libro que te ofrece herramientas básicas para dar a conocer, y comunicar con el mundo, las particularidades de una ciudad Patrimonio Mundial.

 

 

 

VÉLEZ PLIEGO, Francisco M.; y M. Ambrosio GUZMÁN ÁLVAREZ

Cartografía histórica de la ciudad de Puebla, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2016.

 El concepto de cartografía, empleado desde el siglo XIX, fue implementado por el portugués Manuel Francisco Barros e Souza. Dicho concepto se refirió, en un primer momento, al estudio de los mapas antiguos. Hoy en día la definición se ha ampliado, incluyendo también el arte, la ciencia y la tecnología de hacer mapas.