Transbarroco

Zonas de descubrimiento

Chispillatronik

Cada cambio implica otros cambios en cadena, tanto en Andria como entre las estrellas: la ciudad y el cielo no permanecen jamás iguales.

Italo Calvino, Las ciudades invisibles

 

Desde que tengo uso de razón he sido amante del Centro Histórico de la ciudad de Puebla. Mi primer encuentro con la zona fue a los 7 años. Por alguna razón que desconozco, mi madre me envió sola y en camión a la rutinaria clase de danza clásica a la que asistía en la Casa de la Cultura.

    —Te bajas donde veas la tienda “Ponchito”, es la esquina de la 16 septiembre y la 11 oriente. De ahí, caminas dos calles y das vuelta para abajo, y a media calle vas a ver la entrada, te vas a acordar. ¡No te vayas a perder! 

    Llegar al centro en el camión Santa-María las Palmas me hizo sentir una niña fuerte, de mundo e independiente. Disfrutaba de las vistas que ofrecía la altura del camión: iba pegada a la ventana, el aire acariciaba mi cabello mientras yo no podía quitar los ojos de lo que se me presentaba. Eso sí, muy atenta de advertir la esquina donde debía bajarme, mientras disfrutaba ver a la gente caminar tanto como los colores y ventanas de las viejas casonas. Y en efecto, no me perdí. El problema fue emprender la vuelta. Es probable que no prestara la debida atención a la instrucción de vuelta, pero es que pensar en llegar sola a un destino a los 7 años era una oportunidad que causaba nerviosismo y entusiasmo a la vez.

    Al salir de la clase no tuve ni idea de cómo volver, las calles me parecían iguales, enormes y complicadas, repetitivas. Después de un tiempo, me rendí. No sabía ni dónde estaba ni qué debía hacer. Debía tomar la decisión: llamar a casa o subirme aleatoriamente a un camión. Caminando sobre la 3 sur encontré una fonda, además de que la comida olía bastante bien, la mujer que ahí estaba se veía tan amistosa como tierna, debió ser por su delantal color rosa. Entré al lugar, intimidada por mi circunstancia, para preguntar si tenía un teléfono para llamar. Esta bendita mujer se entendió con mi madre, por lo que no me cobró la llamada. Además, me acompañó a la esquina donde ahora sabemos que está la estatuilla del perrito guardián, que cayó en el temblor de 2017, y que años después regresó a su lugar gracias a una colecta de vecinos. Me sentí aliviada al ver en la parada a mi mamá y a mi hermana esperándome. Pienso, con mucha tristeza, que definitivamente esta hermosa ciudad era menos peligrosa.

 

Vista de fachada deteriorada en el Centro Histórico de Puebla. 2022. Foto de Claudia Castelán.

 

    Es probable que esta experiencia dejará una impronta tanto en mi biografía como en mi idea de viajar, atravesada por la noción de “tránsito”, entendido como un proceso que atiende no solo al trayecto que va de A → B, sino que dota de experiencia y de producción significativa a todo ese segmento como una zona de descubrimientos. El caminar sería el acto que nos permite llevar a cabo el tránsito. Ser nómada en nuestra ciudad para mirarla con otros ojos, experimentarla desde otro lugar.

    Me gusta mucho pensar que transitar por el Centro Histórico es una experiencia fenomenológica a 360 grados, pues suceden demasiados inputs que impactan nuestros sentidos, y que no podemos pasar desapercibidos, que ponen a prueba nuestra subjetividad y que cruzan por diferentes emociones. Alguna vez un amigo me dijo que odiaba caminar por las calles del centro de Puebla. Después de vivir varios años en esta central área de la ciudad, pude explicarle (o tal vez explicarme) que casi es parte del atractivo. Caminar el centro cuando eres vecina implica una suerte de juego de tetris: debes saber deslizarte entre el mar de gente que transita diariamente por ahí y a diferentes horas. El juego se pone más interesante cuando debes desplazarte rápido y sin distracciones para llegar a tu destino. Pero esto no sucede. De alguna manera, algo alrededor llama tu atención: un producto, un cartel pegado en la pared, una casona que cae a pedazos, la presencia de alguien conocido, una bocina con un audio altamente distorsionado, un local que ya cambió de giro, el olor de las chalupas o del pan recién salido del horno… Como menciona Italo Calvino en su libro Las ciudades invisibles:

La ciudad es una para quien pasa sin entrar, y otra para quien está preso en ella y no sale; una es la ciudad a la que se llega la primera vez, otra a la que se deja para no volver; cada una merece un nombre diferente; quizás de Irene he hablado ya bajo otros nombres; quizá no he hablado sino solo de Irene.

    Fue en la adolescencia que mi relación con esta parte de la ciudad tomó una forma significativa. Se convirtió en una zona de descubrimiento, entendido esto como el reflejo de un espejo; tanto reconocía la ciudad (en ese entonces geográficamente acotada) como a mí misma. Recuerdo siempre la novela Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, como una metáfora de crecimiento, descubrimiento y transformación entre la ciudad y su personaje principal, Carlos. De alguna manera, la ciudad y yo hemos crecido juntas. Nuestros cuerpos se han expandido tanto como han mutado, así como sus delimitaciones.

    Hay memorias que socialmente se han olvidado del Centro Histórico, como los baños de vapor públicos, las cantinas, algunas memorables fondas, los cines y las jarcierías, lo que ha dado paso a un paisaje globalizado marcado por tiendas asiáticas, departamentos tan reformados como fraccionados a un tipo loft, cafés friendly y cantinas de mezcal que transforman parte de la pertenencia de una Puebla de antaño para dar paso a una nueva capa por surgir. Sí, hemos cambiado.

    Pese a todo esto, el Centro Histórico es un lugar que muta y se transforma; un lugar para redescubrir cada vez que nos paramos ahí, con nuestro cuerpo frente a sus contradicciones y necesidades, pero que, de alguna manera, siempre nos cautiva.

 

Tienda de Imágenes religiosas en el Centro Histórico de Puebla. 2022. Foto de Claudia Castelán.

 

Detalle del Centro Histórico de Puebla. 2022. Foto de Claudia Castelán.

 

Detalle del Centro Histórico de Puebla. 2022. Foto de Claudia Castelán.

 

Sobre la autora:

Claudia Castelán (Chispillatronik). Doctora en Artes y Educación por la Universidad de Barcelona. Su perfil profesional se ha desarrollado entre la producción audiovisual, docencia, investigación y gestión cultural, teniendo como base en común, temas relacionados a procesos de transformación, performatividad, posthumanismo y producción-circulación de imágenes. En su práctica artística cuestiona el lugar que ocupa el cuerpo en la construcción de discursos sobre las normalizaciones de género, clase, racialización y edad.